Para confeccionar una pala, se superponen múltiples capas de tejido mezcladas de forma adecuada con una resina epoxídica. Los tejidos pueden tener una o varias direcciones, mayor o menor espesor y pueden ser de diferentes materiales.
El proceso de fabricación empieza con el corte de los tejidos en formatos. Son muchas piezas que hay que cortar manualmente en medidas ajustadas, un proceso delicado pues los materiales son difíciles de manipular sin que se estropeen. A continuación, se mezclan con mucha precisión las resinas y se procede al impregnado y a la superposición de las capas, una operación sucia y artesanal. Este bocadillo de capas impregnadas en resina se lleva a un molde, donde permanece 24 horas (puede hacerse en la mitad, lo que aumenta la producción pero reduce mucho la calidad); durante la permanencia en el molde, se sangra la resina sobrante (se pierde el 90% de este producto) y se somete al material a un proceso controlado en el que hay momentos en los que se aplica presión o se hace el vacío, siempre en un ambiente a temperatura controlada.

Por fin, antes de tener el material definitivo de lo que será una pala, después de terminar el proceso en el molde y para que alcance su madurez y sus prestaciones máximas, se somete al bocadillo de láminas a un ciclo de curado a temperatura controlada durante 21 días. Ahora sólo falta cortar la pala en la forma deseada con una herramienta adecuada, un proceso sucio y catalogado de cancerígeno que requiere tomar medidas de protección especiales, y colocar el perfil de goma o silicona.
Como podéis deducir, el coste en investigación, en horas y pruebas de material, el elevado coste de los medios (moldes, hornos y herramientas varias) y de la materia prima y su limitado aprovechamiento, junto con un proceso de elaboración largo y complejo y no exento de peligros, hace que el coste final sea elevado. Además, según la experiencia de Carlos, un porcentaje de palas debe ser desechado porque no cumple con los requisitos exigibles. Ahora sólo falta añadir los costes de comercialización a través de una red de venta convencional y obtendremos el precio de venta al público, que parece estar bastante justificado.
Para abaratarlos, Carlos Thomas evita esta última fase en la que cada “cambio de manos” antes de llegar al cliente supone un incremento de coste, y por eso comercializa directamente sus aletas.